sábado, enero 28, 2006

Galaxia M64, en Coma Berenices



Su nombre popular es galaxia del Ojo Negro o Bella galaxia durmiente (también galaxia de la Bella Durmiente). ;-)
Puede encontrarse en la constelación Coma Berenices.

Hierro...

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras.
José Hierro
(Poeta español, 1922-2002)

martes, enero 24, 2006

Provincia de Última Esperanza... Región de Magallanes

La Patagonia
es un extenso territorio virgen y salvaje,
aún en nuestros días.
No ha reconocido fronteras ni límites humanos,
Salvo aquellos que le ha dictado su propio espíritu,
Y no la política de dos repúblicas.

Desde el estuario del Río Santa Cruz por el Oeste
y el Golfo de Penas por el Este,
unidos ambos por una línea imaginaria,
hasta un Sur común en el peñón del Cabo de Hornos,
extiende sus dominios.

Es una tierra de extremos,
azotada por vientos despiadados
desde los lejanos días cuando el hielo se abrió,
para dar paso al verde arraigado a las rocas.

Tierra mágica, contradictoria,
cuyos peligros físicos no existen,
para dar cabida al mayor de los peligros:
los del espíritu.

Embruja con el juego de sus nubes
al vaivén de las grandes corrientes en las alturas,
los cielos tornasolados, los hielos eternos,
la vastedad de sus pampas,
el rumor de las aguas en los canales,
el lamento de sus bosques y
el susurro de un viento implacable.

Una tierra por descubrirse,
en la cual se desembarca con el pendón en la mano,
para tomar posesión de ella,
siempre y cuando así lo acepte.

Permanece como testigo
de una época de aventureros
en busca de un destino mejor,
cuyos lejanos habitantes
fueron cayendo ante la modernidad.

Sus cortos días de invierno en contrapunto
a las cortas noches de la época estival,
no olvidan la sangre que se regó
en los grandes valles,
uniendo a los soñadores y a los primeros.

Pero,
a pesar de todo…
en el corazón de estas vastas tierras:

(la) última esperanza…

Anónimo

lunes, enero 16, 2006

Amanece en una estación de tren - Príncipe Pío

Nueve menos veinte de la mañana. El silbido de los trenes llena la estación hasta lo alto de las cristaleras. Y cuando, ocasionalmente, se acalla su sonido, el sordo rumor de las escaleras mecánicas y el movimiento humano se dejan oír, como el zumbido de la sangre se abre paso al concluir una voz.

El Sol se refleja con una fuerza matutina en los tubos aluminizados de los estractores y aires acondicionados, sobre el tejado del centro comercial.

Los transeúntes se encaminan a sus destinos, completamente ajenos a mi mirada y mi atención.

Es viernes, y el olor a tren varía en intensidad como una melodía siguiendo la batuta de la brisa.
Un portento de volúmenes, cristaleras, espacios vacíos y columnas y techumbre en hierro forjado da una dimensión llamativa a la estación. Algo en ella es más de lo que aparenta. Los cruces de sus vías y sus puentecitos señalan el lugar como punto de encuentro para muchas cosas. No sabría decir cuáles, ni cómo se produce este encuentro, esta fusión de realidades distintas… tan sólo sé que acaecen. Que siento la “magia” del lugar.

Aunque más que magia, es la confluencia de tantos espíritus y de fuerzas y corrientes tan poderosas en el Universo.

Príncipe Pío
Madrid
12/08/2005

Gaia

sábado, enero 14, 2006

El personaje (por Luis Maggi)

Cada día por la mañana lo primero que solemos hacer de manera automática es comenzar a ponernos el personaje. Apenas abrimos un ojo hay un instante temible y asombroso en que sólo somos una ventana que se abre a la luz. Flotamos entre dos mundos, uno que llega y otro que se despide. Después, la memoria nos sirve paulatinamente el regusto conocido de la identidad. Volvemos a reconocernos a medida que recuperamos la historia personal.

La vida es un proceso que se autorrecuerda, y el personaje es el resultado de esa historia que nos contamos. Con las primeras impresiones, mientras los dedos de los pies se estiran para la acción, reconstruimos nuestro rompecabezas singular, tratando de no dejar huecos y salir completos a la calle. Pero esto raramente se consigue. En nuestra trastienda nocturna, el otro que somos mientras dormimos vive empeñado en contar una historia paralela y diferente.
Ponerse el personaje suele ser una tarea complicada; hay fragmentos, capítulos gloriosos o abominables que no encajan, porque probablemente los hemos inventado. El rostro adormilado ante el espejo suele reflejar la fatiga que provoca asumir cotidianamente esas invenciones mentirosas. El rictus resignado de quien fue Pablito, Pedrito o Marujita debe revestirse con la máscara del prestigioso profesor, el adusto gerente o la agresiva directora. A medida que crecemos o envejecemos el ritual de la mañana se vuelve más complicado y aterrador. ¿No nos habremos olvidado algo? Un súbito ataque de amnesia puede hacer pedazos el invento y dejarnos con el alma en pelotas.

Por fortuna, el teatro del mundo facilita el triunfo definitivo del personaje. La mirada de los demás suele indicar si llevamos la máscara bien puesta y respondemos a la imagen que hemos creado con su ayuda. Después de tantas fatigas y resistencias inútiles, el invento ha conseguido ocupar la mayor parte del espacio interior. No daremos sorpresas; el prestigioso profesor no mirará el trasero de sus alumnas, el adusto gerente no dejará su corbata ni la directora se fugará con el conserje. Con el ajuste obediente a los roles externos consumamos el crimen perfecto.

Cada día por la mañana seguimos el ritual de ponernos el corsé de personaje, recomponemos los recuerdos a las exigencias del día y aceptamos fabricarnos una pesadilla hecha a medida. Mientras echamos la última mirada a nuestro aspecto, antes de salir al mundo, solemos descubrir una luz de tristeza en nuestros ojos recién despabilados. Un cierto brillo esencial y menguante, la presencia elusiva y melancólica del otro; eso íntimo, vivo y muy nuestro que estamos dejando morir por una farsa.

Luis Maggi
Publicación Ser Humano

viernes, enero 13, 2006