Abandonar todo lo que no era vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.
Henry David Thoreau
¿Walden o la vida en los bosques?
Puede encontrarse en:
El club de los poetas muertos
La encina era tan grande que para abrazarla hacían falta dos personas. Desde que tenía cuatro o cinco años me gustaba contemplarla. Allí me quedaba, sentía la humedad de la hierba bajo mi trasero, el viento fresco entre los pelos y sobre la cara. Respiraba y sabía que existía un orden superior de las cosas, y que en ese orden yo estaba incluida junto con todo lo que veía. Aunque no conocía la música, algo cantaba en mi interior. No sabría decirte de qué clase de melodía se trataba, no había un estribillo preciso ni un desarrollo. Era, más bien, como si un fuelle resoplara con un ritmo regular y poderoso en la zona próxima a mi corazón, expandiéndose por el interior de todo el cuerpo y por la mente, y emitiendo una gran luz, una luz de doble naturaleza: la suya, de luz, y la musical.
[…]
Poco a poco desapareció la música, y con ella la sensación de honda alegría que me había acompañado durante los primeros años. La alegría, ¿sabes?, es justamente lo que más he añorado. Posteriormente, seguro que sí, incluso he sido feliz; pero la felicidad es, respecto a la alegría, como una lámpara eléctrica respecto al sol. La felicidad siempre tiene un objeto […]. La alegría, en cambio, no tiene objeto. Te posee sin ningún motivo aparente, en su esencia se parece al sol: arde gracias a la combustión de su propio corazón.
Donde el corazón te lleve
Susanna Tamaro