para que no vuele y
ven a esconderte conmigo en la tierra,
donde no pueda encontrarnos,
donde no exija su deuda.
Recoge la espuma de las crestas rizadas
de las olas del mar
y tráela a mi cama juguetonamente revuelta
para que podamos bordar puntillas saladas
en nuestras sábanas con ella.
Regálame los rayos del Sol naciente
que en tu rostro contemplador
se reflejan
y a la noche yo encenderé con ellos
la leña de una tranquila hoguera.
Envuelve el plateado haz
de luz de Luna
en lana de nubes y en hilo de hiedra,
y con él pintaremos, tú y yo,
cada día, estelas de amor nuevas.
Gaia
